Once años después, seguimos diciendo Ni Una Menos

Once años después, seguimos diciendo Ni Una Menos

Ayer volvimos  a marchar. Once años después de aquel primer Ni Una Menos, hay algo que permanece intacto: la capacidad de las mujeres para encontrarnos.

Por Anto Priore

Mujeres de todas las edades nos movilizamos bajo una misma consigna y con la certeza de que había que estar ahí. Compañeras con uniformes, amigas agarradas de las manos, colegas con sus hijas y sus cochecitos, vecinas con carteles colgando, abuelas con la cara pintada, abrazos, batucadas, lágrimas, gritos y mucho canto colectivo fueron tiñendo las calles del centro mendocino.

Y quizás, esa sea una de las particularidades más importantes de este onceavo aniversario: la convocatoria. En un tiempo atravesado por la incertidumbre económica, el desaliento y discursos que promueven el individualismo por sobre lo colectivo, miles de mujeres elegimos encontrarnos y alzar una voz común.

Porque estamos hartas, porque no nos podemos permitir vivir en un país donde una de las nuestras muere en manos de la violencia machista cada 30 horas. Porque siguen existiendo situaciones de violencia que condicionan nuestras vidas, nuestros proyectos y nuestra  libertad. La consigna no pierde vigencia porque la realidad todavía la reclama.

Pero tampoco sería justo decir que nada cambió. En estos once años hubieron avances importantes. Cambiaron leyes, cambió la visibilidad de las violencias y crecieron las redes de acompañamiento y organización. Muchas situaciones que antes se naturalizaban hoy pueden ser nombradas, denunciadas y discutidas públicamente. Sin embargo, los femicidios, las desigualdades y las múltiples formas de violencia que atraviesan nuestra vida siguen recordándonos que ninguna conquista está garantizada para siempre.

Lo que sí debemos mencionar es que quienes deben cuidarnos no lo están haciendo, y por eso también salimos a marchar.

A esa persistencia de las violencias se suma un contexto preocupante que es que desde el Gobierno Nacional se impulsan constantemente discursos que relativizan las desigualdades de género, desacreditan conquistas históricas y muchas veces terminan responsabilizando a las propias víctimas. Y Mendoza no escapa a esa realidad cuando todo el tiempo notamos un progresivo debilitamiento de políticas públicas construidas para prevenir, asistir y acompañar situaciones de violencia. Entonces, también salimos a la calle porque quienes nos deben cuidar nos lo están haciendo.

A la retirada del Estado se le suma  una justicia que no funciona. Una justicia que muchas veces llega tarde para las víctimas de violencia, que sigue sin dar respuestas adecuadas frente a los femicidios y que, en demasiadas ocasiones, parece medir con distinta vara cuando se trata de mujeres que ocupan lugares de poder. En ese contexto, este fue también el primer 3 de junio con Cristina Fernández de Kirchner condenada y apartada de la competencia electoral, un hecho que para muchas mujeres estuvo presente en la movilización y que alimenta interrogantes sobre las formas en que operan el poder y la justicia en nuestro país.

Este contexto hostil hace que también emergan nuevas preocupaciones. El endeudamiento, la precarización laboral y el aumento de la pobreza impactan de manera diferencial sobre las mujeres, que continúan sosteniendo mayoritariamente las tareas de cuidado y las  estrategias cotidianas de supervivencia de muchas familias. Si históricamente estuvimos expuestas a múltiples desigualdades, hoy esas desigualdades se profundizan en un escenario económico cada vez más adverso.

La marcha de ayer fue un reclamo de justicia por quienes ya no están y una apuesta por un futuro mejor para quienes seguimos aquí. Fue la demostración de que existe una comunidad organizada que continúa construyendo redes, defendiendo derechos y resistiendo cada intento de retroceso.

Once años después, Ni Una Menos continúa siendo una consigna urgente. Porque nos queremos vivas frente a las violencias, libres frente a quienes pretenden disciplinarnos, y desendeudadas frente a un modelo económico que profundiza las desigualdades. Nos queremos juntas. Nos queremos con derechos.
Nos queremos vivas, libres y desendeudadas.

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