Por: Marina Femenía abogada, política y parlamentaria argentina del MERCOSUR
Vivimos en un mundo donde las personas pasan, en promedio, 4 horas al día conectadas a sus teléfonos. En este ecosistema, nuestros datos, comportamientos, miedos y deseos son extraídos masivamente mediante lo que hoy conocemos como “extractivismo digital”. Esta información es procesada por corporaciones del Norte Global y nos es devuelta en forma de algoritmos predictivos, dejándonos vulnerables ante intereses extranjeros.
Esta vulnerabilidad no es solo tecnológica, sino también legal y geopolítica. Un claro ejemplo es la CLOUD Act, una ley que obliga a las empresas tecnológicas radicadas en Estados Unidos a entregar a sus autoridades, si así lo requieren, la información y los datos bajo su custodia, sin importar en qué parte del mundo estén físicamente almacenados. En la práctica, esto significa que cuando confiamos nuestra información a estas plataformas, le estamos entregando, potencialmente, el acceso de todos nuestros datos a una jurisdicción extranjera. Como advierte el debate actual, esto representa el fin de la soberanía tal y como la conocíamos.
Las plataformas, por tanto, no son espacios neutrales; concentran un poder inmenso que aprovecha la debilidad institucional. En América Latina, donde enfrentamos una grave crisis de representación y el 64% de la población se declara insatisfecha con el funcionamiento del sistema democrático, el algoritmo pone en peligro directo la democracia. Las redes sociales tienen la capacidad de beneficiar al candidato de su preferencia, tal como se evidenció en Brasil, donde Meta bloqueó el alcance y restringió la publicidad de las cuentas de Lula, mientras beneficiaba el alcance de las de Jair Bolsonaro.
Frente a esta asimetría corporativa, la remontada electoral en Brasil ofrece una lección fundamental sobre la resistencia. El día después de la primera vuelta, el “ejército de Lula” se activó con una estrategia innovadora. Liderados por el diputado André Janones ,quien venía dando la discusión sobre las nuevas formas de hacer campaña y la importancia de utilizar bien las redes sociales, se consolidó un canal de WhatsApp que pasó de 5.000 a casi 11 millones de seguidores en apenas tres semanas. No se trataba de una difusión pasiva: todos los días se distribuía una nueva misión para responder a adversarios, combatir contenidos falsos y comentar para viralizar el contenido orgánico.

Sin embargo, sería un error analítico concluir que una elección se gana simplemente por tener un canal de WhatsApp. La victoria no se cimentó únicamente en la táctica digital, sino en la audacia política. También lo llevó al triunfo la radicalización de sus medidas: Lula no pasó a un discurso tibio o de centro para intentar agradar a todos, sino que profundizó sus iniciativas. Aumentó y adelantó los pagos de Bolsa Familia, su programa social insignia de transferencias monetarias a los sectores de menores recursos, amplió un programa de alivio a las familias endeudadas y reforzó los subsidios a combustibles para contrarrestar el alza del precio del petróleo. Además, logró que el Senado aprobara antes del balotaje la histórica reducción de la semana laboral de seis a cinco días, bajando la jornada de 44 a 40 horas.
Un factor nada menor en este entramado de revitalización democrática fue el papel de figuras emergentes como Ana Elisa, una joven influencer de 21 años que hizo historia al ser electa como diputada federal por primera vez en el país. Su protagonismo subraya un acierto estratégico y representativo digno de mirar: el espacio central otorgado a las mujeres y a las juventudes. Esta apertura demuestra que la renovación política no pasa solo por adoptar nuevas herramientas tecnológicas, sino por dar voz, protagonismo y poder real a los sujetos históricos que dinamizan el debate tanto en el entorno digital como en las calles.

El verdadero motor de la victoria fue esta combinación: una mayoría colectiva que se organiza con objetivos claros, impulsada por políticas materiales contundentes y liderazgos plurales. En este sentido, la tecnología sirvió como una herramienta vital para movilizar a cientos de miles de ciudadanos, demostrando que debemos concebir a las tecnologías como herramientas de organización antes que de mera comunicación.
Frente a un escenario donde la soberanía de los datos está en juego y herramientas jurídicas externas amenazan nuestra autonomía, la salida no es darle la espalda a la tecnología, sino reapropiarse de ella con un propósito colectivo. Es la demostración empírica de que la política siempre debe hacerse con y para la gente, sin perder nunca la esperanza.

